Baños, la armonía bajo el volcán

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Desde el cielo nocturno, Baños de Agua Santa parece un Belén viviente a los pies del volcán Tungurahua. Desde el suelo, la quietud y el ánimo de sus habitantes se concilian extrañamente con el sobrecogedor sonido de las explosiones esporádicas que emite el gigante de piedra. Pero apenas se escuchan quejas ni se observan sobresaltos en la gente que aquí vive entre la hermosura vegetal de unos valles ahogados en lava.

Un idílico mundo que hace 13 años saltó por los aires cuando el volcán enseñó los dientes tras un prolongado letargo. Fue el 17 de octubre de 1999. Aquella mañana el día se hizo noche y la población fue evacuada. Durante los tres meses siguientes, los 20.000 baneños libraron una denodada lucha por la supervivencia en medio del caos. Sus casas se transformaron en un decorado de sombras. Las cicatrices que dejó aquella desigual batalla aún supuran agua de fuego que solo la hospitalidad de este pueblo ha logrado cauterizar.

Al menos eso piensa Rogelio Bastidas, 40 años, casado con Marcia Fernández, dos hijos y propietario del refugio Los Ojos del Volcán, un privilegiado mirador al cráter del Tungurahua, a 2.500 metros de altitud en la ruta de Las Antenas. Desde el ventanal de su acogedora casa se atisba la silueta del cono espectral bufando como un viejo dragón.

Llueve en Baños. Hoy sopla un viento racheado y la tormenta fría se anuncia en la lejanía. Bastidas se afana en mantener vivo el fuego de la chimenea, como lo hace también con sus recuerdos: “El regreso a Baños fue triste. Era un paisaje sin vida. Todos los animales habían muerto, muchas casas estaban rotas y las calles llenas de ceniza”.

Fue el 4 de enero de 2000 y el paisaje que se encontraron era el de una ciudad en guerra, un pedregal volcánico extraído de la profecía de Nostradamus. Un escenario del Apocalipsis. Pero este dolor no hizo sus melladuras en el filo de la voluntad de los baneños, que desde entonces trabajan a destajo aunque con el miedo clavado en el corazón. Porque para soñar, hay que vivir. “Nos hemos acostumbrado a la amenaza, pero ahorita el peligro está en la vertiente de Riobamba”, indica Bastidas.

Si el entorno determina el carácter de las personas el de Rogelio es una máquina del tiempo. Creció bajo la sombra del volcán y trepó por sus paredes como un caballo salvaje. Más tarde sometió a la montaña como hacen quienes conocen el lenguaje de la tierra. Hoy cultiva con éxito cada rincón de su pequeña propiedad y decora el refugio que está edificando para turistas con incontables variedades de plantas. “En los días de sol puede contemplarse el paisaje en toda su grandeza. Es un espectáculo fantástico”.

Otros cuentan viejas historias de Baños, del volcán. Martín Dillón “Martincho” es uno de ellos. Es el último heredero de una larga estirpe de hosteleros que fundó El Trapiche. Y en este puesto permanece desde hace décadas. “Pese al riesgo, aquí siempre ha existido gran actividad turística, pero los tiempos cambian y hay que adaptarse a las nuevas exigencias. Vivimos con mucho estrés y en este lugar trabajamos para eliminarlo”, asegura el hombre que, sin lugar a dudas, tiene alma de hostelero.

Desde su refugio se aprecia cómo las últimas luces del día recortan la majestuosa figura del Tungurahua entre nubes traslúcidas y la espejeante superficie de Baños. Su centenaria hostería se encuentra a la entrada del pueblo. La recepción está iluminada como una acogedora casa burguesa. El fondo lo ocupa una amplia terraza con vista a la vía del Oriente, hacia el embalse de Agoyán. “Baños recibe así la bendición de esta naturaleza. Aquí se hace acopio de las mágicas aguas termales que caen de las entrañas de las impresionantes montañas. Es un lugar tranquilo, preparado para el descanso del visitante y para un turismo natural responsable”, explica Dillon inflando el pecho en plenitud.

Pero no siempre fue así. Tanta agua alrededor excitó la codicia de algunas empresas sin escrúpulos. Como la constructora Odebrecht, responsable del catastrófico proyecto San Francisco y expulsada del país por el presidente Rafael Correa tras comprobarse que las vertientes de los ríos El Churo, La Esperanza, Machay, La Barbacha, Río Verde, La Delicia, El Placer y la Escudilla se secaban sin remisión.

Una mañana, Baños despertó sin el estruendo de la cascada San Jorge. Otra tragedia. “El agua había desaparecido”, rememora Dillón. La Odebrecht se la estaba bebiendo. Por fortuna de los habitantes, hoy las cosas han mejorado.

Lo que se mantiene igual es el paisaje abrumador. Cada cierto tiempo se escucha la ronca respiración del volcán, pero cuando cesa los pájaros vuelven a cantar, primero con timidez, después con la algarabía de una ciudad en paz.

La habitación de los baños de cajón de la hostería de “Martincho” es un prodigio de confort. El proceso consiste en un intercambio de agua fría y vapor a 45 grados ambientado con música oriental y el aroma de plantas medicinales que dejan los músculos fuera de combate. La sesión completa dura 45 minutos. “Es como hacerse un lavado de sangre porque se eliminan todas las toxinas”, añade Dillón mientras mueve los pies con parsimonia.

El volcán sigue inquieto. Los rugidos esporádicos barren la oscuridad de la noche y alcanzan hasta el último rincón del valle. El centro de Baños se va quedando desierto. Es la hora de abandonar las calles empedradas para recogerse en casa.

También para asomarse a las ventanas y escuchar las despedidas de comerciantes que regresan a sus casas, aunque el lejano quejido de la vertiginosa naturaleza de este entorno haya afinado los oídos de muchos vecinos. Es lo que tienen que vivir junto a una ardiente garganta de fuego.

Fuente: Telegrafo

  1. 22 septiembre, 2014

    barbacoas y chimeneas

    Hola y muchɑs gracias!

    Deberíɑ garantizar que tu entrada en el blogs me ha sido efectivamente provechoso!

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